No sé qué tienen algunas mujeres en la cabeza para calzarse esas cosas tan raras en los pinreles. Míralas. Sandalias no son; zapatos tampoco. ¿Vendas acaso? No me lo parecen. ¿Ligaduras desligadas? Quizá, reminiscencias de un maltrato autoinflingido.
El pie, con sus cinco deditos, ufano, semidesnudo y desvergonzado, aplasta una suela fina y essaboría como una loncha de york contra el hirviente asfalto de Madrid. Los calores de la primavera ha mucho que expulsaron de este villorrio manchego las botas de pirata. Porque, sepa usted, que hay mujeres en Madrid que, cuando el frío invierno acecha, para despistarlo disfrazan sus pinreles de pinrel pirata, o de pinrel mosquetero, o de pinrel Capitán Alatriste.
Y en verano se ponen eso, que aún no sé muy bien lo que es. A ver, voy a intentar describirlo, por si algún lector despistado que por aquí recale es capaz de reconocerlo e iluminar mi ignorancia con un clarificante mensaje a este blog.
El pie aplasta la loncha de york. Una cinta que suele ser marrón surge de los bordes de la suela y se enrolla al tobillo. No es un enrolle normal; es un enrolle compulsivo, obsesivo, conclusivo, omnicomprensivo y agobiante. Todo lo cubre, todo lo ata, todo lo aprieta, el tobillo se asfixia, el dedo gordo se amorata, la cinta sube y repta hasta la media pantorrilla, y el culebro ahí se queda, anudado y quieto, ya le basta.
El pinrel, esclavo de la moda y preso de la tontería, se arrastra y vuela , se arrastra y vuela, se arrastra y vuela … Y yo que lo veo, me pregunto: ¿Qué tienen las mujeres, estas del tobillo prieto, en la cabeza?